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Abram tenía 75 años de edad cuando abandonó Harán. Tenía 86 años de edad cuando nació Ismael de Agar, la sierva. Él había esperado unos 25 años por el cumplimiento de la promesa de Dios de darle un hijo a través de Sarai. Habían pasado 13 años desde la última palabra registrada de Dios. Él se vuelve a aparecer a Abram y lo primero que hizo fue recordarle a su siervo quién era, usando este nombre: “El Shaddai” (Dios Todopoderoso) por medio de esto le reveló a Abram su persona y carácter. Aunque hay alguna discusión acerca del significado del nombre “El Shaddai”: Un análisis tradicional del nombre es: “Dios (El) quien (sa) es suficiente (day)”. El Shaddai es “Yo soy Dios suficiente para todo, el que derrama bendiciones, quién las da ricamente, continuamente, y en abundancia”. La Septuaginta lo traduce con la palabra griega “pantocrátor”, la cual quiere decir “Todopoderoso, el que tiene su mano sobre todo”.
Luego, Dios le dijo a Abram lo que esperaba de él. Solamente podemos saber lo que Dios espera de nosotros cuando sabemos quién es, y lo conocemos plenamente de una manera personal, y tangible. La palabra “perfecto” significa, literalmente, “completo”. Dios quería todo de Abram, quería un compromiso total. Dios le recordó a Abram que no había olvidado el pacto. Aunque habían pasado unos 25 años desde la primera vez que se hizo la promesa, y aunque quizá le pareció a Abram que Dios había olvidado, a Dios no se le había olvidado nada. Al parecer, Abram tuvo 13 años de comunión “normal” con Dios, todo el tiempo esperando el cumplimiento de la promesa. Seguramente, en aquellos años, había ocasiones en las que Abram sintió que Dios se había olvidado de él. No encontramos ningún registro de que él haya hecho algo memorable o haya tenido una sola audiencia con el Altísimo. Abram se estaba convirtiendo en un gran hombre de fe, pero no se hace un gran hombre de fe de un día para otro. Se necesitan muchos años donde Dios trabaje en la vida de un hombre, años de confiar en Dios en los momentos triviales, intercalados por unos encuentros espectaculares con el Señor.
Abram hizo lo correcto y reverente; él cayó sobre su rostro, mostrando sumisión y dando honor a Dios. Para animar a Abram en su fe en la promesa de tener descendientes a través de Sarai, Dios cambió el nombre de Abram (padre de muchos) por “Abraham” (padre de muchas naciones).
Sin duda, de cierta manera Abram, “padre de muchos”, era un nombre difícil para un hombre quien no era padre de nadie, especialmente en una cultura donde se consideraba cortés preguntar por la vida personal de uno. Ahora, Dios dio un paso al futuro e hizo su nombre “padre de muchedumbre de gentes”. Era casi u na locura para un hombre sin hijos tener tal nombre. En casi todas las dimensiones, Dios hizo que la promesa a Abraham, largamente demorada, fuera mayor. Nunca antes Dios había dicho, específicamente, que múltiples naciones vendrían de Abraham (una singular nación fue prometida en Génesis 12:2). Nunca antes Dios había dicho, específicamente, que reyes descenderían de Abraham. Dios también prometió, específicamente, que el pacto que Él originalmente hizo a Abram en Génesis 12:1-3 pasaría a sus descendientes escogidos, esos que aún no habían nacido. El pacto no fue solamente para Abram, sino que fue un pacto perpetuo.
La promesa específica de la tierra no fue hecha solamente a Abraham, sino también a sus descendientes del pacto. Este pacto perpetuo era igual de válido para ellos como para Abraham mismo. La tierra fue y es la promesa del pacto de Dios al pueblo judío. Dios introdujo el mandamiento de guardar la circuncisión con estas palabras. El corte y la remoción del prepucio de cada varón entre los descendientes del pacto de Abraham los marcaría como aquellos que pertenecían al pacto. Desde que el pacto fue hecho con los descendientes genéticos de Abraham, a través de la promesa de Dios, era apropiado que esta señal del pacto fuera dada a aquellos nacidos en el pacto y que fuera asociada con la parte reproductiva de sus cuerpos. La circuncisión indicaba a la simiente de Abraham que había una contaminación de la carne en el hombre que debía de ser quitada para siempre, o el hombre permanecería impuro, y fuera del pacto con Dios.
La circuncisión no era desconocida en aquellos días. Era una práctica ritual de varios pueblos. Sin duda, había razones higiénicas, especialmente en el mundo antiguo. “Hay una evidencia médica de que esta práctica ha contribuido a la duración tan larga del vigor de la raza judía”. Desde el pacto los descendientes de Abraham nacen en él por derecho natural. Se seguía el principio de que se les debía dar la señal del pacto en su infancia. Los que rechazaron la circuncisión, rechazaron la señal del pacto. No fueron amigos del pacto que Dios hizo con Abraham. No significa que la circuncisión los hizo parte del pacto (la fe lo hizo), pero por rechazar la circuncisión, rechazaron el pacto. Desafortunadamente, a través de los siglos, los judíos llegaron a creer más en la señal del pacto (la circuncisión) que, en el Dios del pacto; pues creían que la circuncisión por sí misma era suficiente y necesaria para salvar. Pablo contrarresta esta idea extensivamente, especialmente en la luz de la obra terminada de Jesucristo (Gálatas 5:1-15). Para los cristianos lo más semejante que tenemos a la circuncisión es el bautismo. Pablo relaciona estas dos ideas en Colosenses 2:11-12. Aun así, el bautismo es un “señal” del pacto; no nos salva, pero es una señal del pacto que sí nos salva. Ser bautizado no nos salva, pero el cristiano no debe rechazar el bautismo.
Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.
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