La idea detrás de la palabra hebrea para altar es esencialmente, “lugar de matanza”. Era un lugar de muerte y sacrificio, donde se hacía la expiación por el pecado y se señalaba la consagración a Dios. Este era el único altar de sacrificio en el santuario de Israel en los primeros días: se untaba sangre sobre sus cuernos en la expiación ceremonial, y sobre él se colocaban holocaustos u ofrendas quemadas. Se vertían libaciones a un lado y la sangre se derramaba sobre él. Bajo el nuevo pacto nosotros también tenemos un altar: Tenemos un altar, del cual no tienen derecho de comer los que sirven al tabernáculo. Nuestro altar – nuestro “lugar de matanza” – es la cruz, donde Jesús murió por nuestros pecados y donde nosotros le seguimos al morir a nuestros pecados y vivir para Jesús.

El altar era una estructura en forma de caja y debido a su recubrimiento de bronce podía soportar altas temperaturas, tenía 2,5 metros cuadrados y 1,5 metros de altura. Durante años, los lados de este altar fueron de bronce liso y brillante. Pero Números 16 describe la rebelión de Coré, quien desafió el liderazgo de Moisés: ¡Basta ya de vosotros! Porque toda la congregación, todos ellos son santos. ¿por qué, pues, os levantáis vosotros sobre la congregación de Jehová? (Números 16:3). Al confirmar el liderazgo de Moisés, Dios juzgó a Coré y sus seguidores, e hizo que la tierra se dividiera y se tragara a todos los rebeldes. Entonces Jehová ordenó a los sacerdotes que tomaran los incensarios de bronce que tenían Coré y sus seguidores, los martillaran y cubrieran con ellos el altar del holocausto, en recuerdo para los hijos de Israel. Desde entonces, cada vez que alguien llegaba al altar del holocausto, notaba el acabado rugoso y martillado del bronce – y eran recuerdos de la rebelión de Coré y del juicio de Dios contra él y los que le siguieron. Debía de haber cuernos en el altar, para que el altar se “extendiera” en todas las direcciones. A los cuernos se les consideraba también una demostración de fuerza y poder. En los sacrificios, la sangre de expiación era aplicada en cada cuerno. Servían para atar a las bestias que iban a ser sacrificadas como lo dice el Salmo 118: 27. Y para representar el poder del sacerdocio de Cristo según Habacuc 3: 4. Los utensilios que se usaban en la preparación de las ofrendas y el mantenimiento del altar. Cada uno fue hecho de bronce especialmente para el tabernáculo y cada uno fue apartado para la obra del tabernáculo. Calderos: Para contener las cenizas empapadas en grasa cuando las sacaban del fogón con las paletas. Tazones: Para recoger la sangre de los animales muertos junto al altar para rociarla sobre la base del altar. Garfios: Tenedores de tres puntas para organizar el sacrificio o retirar la porción del sacerdote. Braseros: Para llevar el fuego del altar del incienso hacia el Lugar Santo. El enrejado proporcionaba un piso para el altar para que las cenizas y los restos quemados cayeran a través de la obra de rejilla. El enrejado también tenía los anillos y las varas con las que se transportaba el altar.

Una cerca de lino fino de color blanco delimitaba el atrio. Proporcionaba un área de 50 metros por 25 metros. Como la carpa en sí ocupaba aproximadamente solo el 7 % del área del patio, había mucho espacio. Sus propósitos eran cuádruples: (1) era una barrera porque impedía el acceso ilegal; (2) era una protección, pues mantenía alejados a todos los animales salvajes; (3) era una línea de demarcación positiva entre el mundo y la santa presencia de Dios; y (4) con su puerta singular era una forma de acercarse a Dios.

La cortina corta de lino que rodeaba el patio estaba sostenida por un sistema de columnas de bronce: veinte columnas en los lados largos y diez en el lado corto del patio que tenía forma rectangular, con tres columnas en el lado de la entrada al tabernáculo. Éxodo 27:18 nos dice que los pilares tenían 2.5 metros de altura. Cada uno tenía una base de bronce y una pieza superior de plata, y un gancho de plata para colgar el lino. La puerta estaba en el lado oriental, el mismo lado que la puerta de la carpa del tabernáculo. Fue tejida con los cuatro colores utilizados para los tejidos del tabernáculo: azul, púrpura y carmesí, y lino torcido.

Aunque solo había una puerta al patio, era grande: 10 metros de ancho. Esta era la única entrada al patio de la carpa de reunión. Cada columna tenía una punta de plata, lo que la hacía brillante y visible desde lejos en el brillante desierto. Cada columna también tenía una base de bronce. El atrio del tabernáculo o del templo es un tema importante en el resto del Antiguo Testamento. Esto se debe principalmente a que el templo en sí era inaccesible excepto para unos pocos sacerdotes. Todos los demás en Israel se encontraban con Dios en el atrio. Podemos decir por aplicación que Dios también nos invita a entrar en Sus atrios para alabarlo. Bajo el Nuevo Pacto apreciamos este anhelo por los atrios de la casa de Dios, pero no necesitamos detenernos allí. Debido al sacrificio perfecto de Jesús y Su obra terminada a favor nuestro, podemos venir – no solo a los atrios, sino también directamente a la santa presencia de Dios.

En resumen, al llegar al tabernáculo, uno veía una cortina de lino blanco, con manchas brillantes de plata en los postes que sostenían la cerca, rodeada de miles de carpas negras, con la columna de nube sobre una modesta carpa en medio del patio cubierta con piel de tejón. Todo el tabernáculo era una carpa – una estructura móvil. Dios quería que Israel supiera que Él estaba con ellos dondequiera que fueran. No era un caso de “Tú ven a Mí”, sino que la idea era “Yo he venido a Ti”.

El aceite para las lámparas del candelero – la única luz del tabernáculo – provenía de olivas machacadas, no de olivas batidas. Aceite de oliva batido, según nos dice la Mishná, se refiere al método de producción del mejor aceite. El aceite es uniformemente el símbolo del Espíritu Santo de Dios. Aquí, entonces, está el verdadero valor y significado de este aceite sagrado. Los portadores de luz elegidos del mundo solo pueden cumplir su función por el Espíritu Santo. Los sacerdotes debían de poner en orden las lámparas, al asegurarse de que las lámparas tuvieran aceite para quemar y que sus mechas estuvieran recortadas, de modo que las lámparas nunca se apagaran, especialmente durante la noche. Dios quería que las lámparas nunca perdieran su fuego. Solo mediante un suministro continuo de aceite y el recorte de las mechas podría mantenerlas ardiendo. Solo podemos seguir ardiendo por Dios si se nos suministra continuamente el aceite del Espíritu Santo y Dios nos “recorta” para llevar aún más luz.

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse.