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El nuevo hombre dice la verdad. El motivo para hacer esto es porque somos miembros los unos de los otros, por lo tanto, no hay lugar para mentir. Un cuerpo solo puede funcionar correctamente si se dice a sí mismo la verdad. Si su mano toca algo caliente, pero le dice a su cerebro que la cosa está fría, su mano sufrirá quemaduras graves. Por eso es tan importante decir la verdad, porque somos miembros los unos de los otros. El nuevo hombre puede airarse, pero no peca. El nuevo hombre sabe cómo dejar ir su enojo, para que de esta manera no le da oportunidad al diablo. Aquí se sugiere que se puede evitar que la ira se degenere en pecado; si se le pone un límite de tiempo estricto, que no se ponga el sol sobre vuestro enojo. La obra del diablo es acusar y dividir a la familia de Dios y sembrar discordia entre ellos. Cuando abrigamos ira en nuestro corazón, hacemos el trabajo del diablo por él.
El nuevo hombre no hurta, sino que trabaja con sus manos. Él hace esto no solo para satisfacer sus propias necesidades, sino también para compartir con el que padece necesidad. Trabaje es literalmente “esforzarse hasta el punto de agotamiento”. Este es el tipo de corazón que trabaja, que Dios manda tener, a los que solían robar. La idea de Pablo es que debemos trabajar para poder dar. El propósito de recibir se convierte en dar.
El nuevo hombre sabe cuidar su lengua, hablando solo lo que es bueno para la necesaria edificación, deseando dar gracia a los oyentes. No hablará vulgaridad, obscenidad, ni charla calumniosa y despectiva.
El nuevo hombre no contristará al Espíritu Santo, sabiendo que Él es nuestro sello tanto en el sentido de identificación como de protección. Hay muchas formas de contristar al Espíritu Santo. Podemos descuidar la santidad y contristar al Espíritu Santo. Podemos pensar en términos puramente materialistas y contristarlo. El Espíritu exalta a Jesús; cuando fallamos en hacer lo mismo, contristamos al Espíritu. Creo que podemos ver al Espíritu de Dios contristado, cuando estamos sentados leyendo una novela y no hemos leído la biblia o no tenemos tiempo para orar, pero el Espíritu nos ve muy activos en las cosas mundanas, y tenemos muchas horas de sobra para relajarnos y divertirnos. Y luego se entristece porque ve que amamos las cosas mundanas más de lo que lo amamos a él. El dolor del Espíritu Santo no es de naturaleza insignificante ni hipersensible. Se entristece con nosotros principalmente por nuestro propio bien, porque sabe la miseria que nos costará el pecado; lee nuestros dolores en nuestros pecados, porque ve en cuánto castigo incurrimos y cuánta comunión perdemos.
El nuevo hombre tiene control de sus emociones (amargura, ira, enojo, etc.). Cuando surgen tales cosas, él puede lidiar con ellas de una manera que glorifique a Dios. Aristóteles definió la amargura como “el espíritu resentido que rechaza la reconciliación”. Enojo habla de un arrebato del momento; ira habla de una disposición estable. Ambos deben ser quitados.
El nuevo hombre busca mostrar la misma bondad, ternura y perdón a los demás que Dios le muestra. Si tratamos a los demás como Dios nos trata a nosotros, cumpliremos todo lo que Pablo nos dijo que hiciéramos en este capítulo. Nuestro perdón a los demás sigue el modelo del perdón de Jesús hacia nosotros. Cuando pensamos en la manera asombrosa en que Dios nos perdona, es vergonzoso que retengamos el perdón de aquellos que nos han hecho mal. Dios retiene su ira por mucho tiempo hasta que perdona. Él nos soporta durante mucho tiempo, aunque lo provoquemos con dureza. Dios se acerca a las personas malas para cortejarlas hacia Él e intenta reconciliarse con las personas malas, siempre da el primer paso en el perdón, tratando de reconciliarse, aunque la parte culpable no esté interesada en el perdón, perdona nuestro pecado sabiendo que pecaremos de nuevo, a menudo exactamente de la misma manera. El perdón de Dios es tan completo y glorioso que otorga la adopción a esos que antes fueron ofensores. Dios, en Su perdón, cargó con todo el castigo por el mal que hicimos contra Él. Él era inocente, pero cargó con la culpa. Él sigue acercándose al hombre en busca de reconciliación incluso cuando el hombre lo rechaza una y otra vez. No requiere un período de prueba para recibir Su perdón. El perdón de Dios ofrece restauración y honor completos. Él ama, adopta, honra y se asocia con aquellos que alguna vez le hicieron daño. Dios pone su confianza en nosotros y nos invita a trabajar con él como colaboradores cuando nos perdona.
La antigua versión King James lo expresa así: así como Dios, por amor de Cristo, te ha perdonado. Esto nos da la seguridad del perdón –que es por el amor de Cristo. Dios, por amor de Cristo, te ha perdonado. Aférrate a esa gran verdad y mantenla, aunque todos los demonios en el infierno te rujan. Aférrate como con una mano de acero; agárrala como a tu vida: “Dios, por amor de Cristo, me ha perdonado”– que cada uno de nosotros pueda decir eso. No sentiremos la dulzura divina y la fuerza del texto a menos que podamos convertirlo en un asunto personal por medio del Espíritu Santo. No es que debamos perdonar porque Jesús nos perdonará. Perdonamos porque Él nos ha perdonado. “Es el hecho histórico de que Cristo de una vez por todas quitó el pecado mediante el sacrificio de sí mismo, al que se alude”.
Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.
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