Solo podemos imaginar lo difícil que esto fue para estos líderes del gobierno de Ezequías. Debieron haber pensado: “Es suficientemente malo que nosotros tengamos que escuchar esto, pero como está hablando en hebreo, todos escucharán, y pronto las personas se desanimarán tanto que se levantarán en nuestra contra y nos obligarán a rendirnos”. El arameo se había vuelto la lengua franca del Oriente Próximo en el periodo neo asirio. Que un miembro bien educado del personal de Senaquerib pudiera hablar tanto el hebreo como el arameo tan bien como el nacional no debería ponerse en duda.

Al Rabsaces no le importaba si los ciudadanos comunes de Jerusalén podían escucharlo. Mientras más miedo, desaliento y desesperanza pudiera propagar, mejor para él. Él señaló las condiciones que se presentarían en Jerusalén después de un largo sitio. Él quería que esto ofendiera y atemorizara a todo el que lo escuchara, y magnificara su sentido del temor, desaliento y desesperanza.

Decirle “no hagas esto” al Rabsaces fue como decírselo a un niño travieso. Él no pudo esperar para hablar con el pueblo de Jerusalén. Su discurso tenía la intención de glorificar al enemigo que se enfrentaba al pueblo de Dios, además tenía la intención de hacer que el pueblo de Dios dudara de sus líderes y la intención de crear miedo e incredulidad en el pueblo de Dios y hacer que la rendición pareciera una buena opción. Rabsaces se refería a las políticas de limpieza étnica y reasentamiento practicadas por los asirios.

Cuando ellos conquistaban a un pueblo, los reasentaban forzosamente en lugares lejanos, para mantener sus espíritus quebrantados y su poder débil.
Su mensaje era simple, y brillante en su lógica satánica: “Los dioses de las otras naciones no han sido capaces de protegerlas de nosotros. Su Dios es tal como ellos, y tampoco puede protegerlos”.

Para cualquiera que tuviera el entendimiento espiritual para verlo, Judá podía empezar a planear su victoria justo ahí. Una cosa es hablar contra Judá, su pueblo y sus líderes; otra, totalmente diferente, burlarte de Jehová Dios de Israel de esta manera, y considerarlo como “cualquier otro dios”. Típico del obrar del enemigo de nuestras almas, el Rabsaces iba bien hasta que simplemente sobrepasó sus límites.

De ninguna manera Dios lo dejaría librarse de esta. Él había ofendido a Jehová Dios de una manera que pronto lamentaría. Ellos no intentaron discutir con el Rabsaces. A menudo no tiene caso tratar de argumentar con su lógica demoniaca. Casi siempre es mejor guardar silencio y confiar en Dios, en vez de tratar de ganar una discusión con Satanás o sus siervos. El silencio es nuestra mejor respuesta a las alegaciones y burlas de nuestros enemigos. Deberíamos decir: ¡Mantente quieta, oh, alma perseguida! Entrégale tu causa a Dios. Es inútil discutir, incluso en muchas ocasiones dar explicaciones. Mantente quieto, y entrega tu causa a Dios.

El rey Ezequías fue lo suficientemente sabio como para dar esta orden, y sus oficiales y el pueblo fueron lo suficientemente sabios como para obedecerlo. Aunque permanecieron en silencio, estaban profundamente afectados por este ataque. Tuvieron la misma experiencia que Pablo describió en 2 de Corintios 4: 8,9: “Que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos”.

Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.