En este capítulo 10, ahora, veremos que el juicio de Dios continuaría cayendo sobre la casa de Acab. Los setenta hijos de Acab eran un peligro significativo para el rey ungido Jehú. Primero, eran descendientes del rey Acab y tenían gran interés en pelear para conservar el trono de Israel entre la dinastía de Omri; segundo, estaban en Samaria, la ciudad capital de Israel, lo que significaba que estaban lejos de Jehú, quien mató al rey Joram en Jezreel.
Jehú retó a los partisanos de la casa de Omri a que se declararan y prepararan para pelear por la casa de su señor. La carta de Jehú y su osada acción contra Joram y Ocozías, persuadieron poderosamente a los líderes de Israel a ejecutar a los hijos de Acab por Jehú.
Los nobles tuvieron tanto miedo de Jehú que le enviaron esta lúgubre evidencia de su obediencia. Era una costumbre contemporánea a través del Antiguo Este “apilar” las cabezas de los rebeldes capturados en la puerta principal de la ciudad como una advertencia pública contra la rebelión.
Este era un castigo apropiado para el pecado de Acab. Él había mandado a buscar canastas de uvas de la viña de Nabot en Jezreel; y ahora las cabezas de sus hijos eran traídas de allá en canastas.
Cuando el pueblo vio las cabezas decapitadas de los 70 descendientes de Acab, tuvo temor de haber ido demasiado lejos y que a causa de ello viniera el juicio de Dios. Jehú les aseguró que habían hecho bien, y que nadie tenía derecho a acusarlos, porque habían actuado por orden de Dios.
Su razonamiento fue: Ustedes son justos a sus propios ojos, y me ven a mí como un traidor, rebelde, y asesino, porque me he levantado y he asesinado a mi amo, lo cual reconozco haber hecho. Pero si soy culpable, ustedes no son inocentes y; por lo tanto, no pueden acusarme, pues yo he matado uno, pero ustedes a un gran número.
Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.
