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En esta discusión, Pablo es lo suficiente franco para decir: «Sabemos». Los cristianos podemos saber cómo es el mundo que está más allá de este, porque sabemos lo que las palabras eternas de Dios dicen. Pablo piensa en nuestros cuerpos como si fueran tabernáculos: estructuras temporales que no pueden considerarse como la persona en su totalidad. Si el tabernáculo se deshiciere, aún tenemos una esperanza eterna. Un día Dios «derribará el tabernáculo», y cada uno de nosotros recibirá de Dios un edificio, un lugar para vivir por toda la eternidad. Nuestros cuerpos futuros no están hechos de manos. Dios especialmente los hace para adaptarlos al entorno de la eternidad y del cielo; nuestra morada es eterna, en el cielo. Jesús dijo: «En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. De acuerdo con la fraseología del antiguo griego, la palabra «mansiones» se traduce mejor como «morada» o «un lugar para quedarse». Pero a la luz del carácter de Dios, ¡se traduce mejor como mansiones! un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos será un lugar glorioso para quedarse, una mansión para toda la eternidad. Después de todo, Jesús ha estado preparando ese lugar desde que ascendió al cielo.
Los cristianos, por lo tanto, gemimos porque vemos las limitaciones de este cuerpo y la superioridad del cuerpo por venir. Muchos de nosotros no estamos deseando el cielo. ¿Será porque estamos muy cómodos en la tierra? No es que debamos buscar nuestra aflicción, pero tampoco deberíamos de dedicar nuestras vidas a perseguir el confort. No hay nada de malo en que deseemos el cielo; es correcto que podamos ser capaces de estar de acuerdo con Pablo al decir: «gemimos». Los filósofos griegos pensaban que un espíritu sin cuerpo era el máximo nivel de existencia. Pensaban que el cuerpo era una prisión del alma, y no hallaban ventaja alguna en ser resucitado en otro cuerpo. Para Dios, el cuerpo mismo no es negativo. El problema no está en el cuerpo, sino en estos cuerpos corrompidos por el pecado en los cuales vivimos. Jesús aprobó la esencia bondadosa del cuerpo al convertirse en hombre. Si hubiera algo inherentemente malo en el cuerpo, Jesús jamás hubiera podido añadir la humanidad a su deidad. Como cristianos, no tenemos un deseo de ser «puro espíritu», y escapar del cuerpo. Pero estamos deseando tener un cuerpo perfecto, resucitado.
Nuestros nuevos cuerpos no estarán sujetos a la muerte, como Pablo escribió en 1 Corintios 15:54: «Sorbida es la muerte en victoria». Cuando recibamos nuestros cuerpos eternos, la vida conquistará completamente a la muerte. Si una serpiente absorbe a un ratón, el ratón es completamente conquistado; ya no existe más. De la misma manera, la muerte es absorbida por la vida. Dios nos está preparando justo ahora para nuestro destino eterno. Aquí, Pablo conecta las ideas de nuestra leve tribulación, y el eterno peso de gloria. Cuando las pruebas son duras en la tierra, no siempre es fácil ser consolado por pensar en nuestro destino celestial. Dios sabía esto, así que nos ha dado las arras del Espíritu. Él respalda su promesa del cielo con un pago inicial: el Espíritu Santo, el cual nos da para el día de hoy.
La presencia del Espíritu Santo en la vida de Pablo le daba confianza. Le aseguraba que Dios estaba trabajando con él y que continuaría su obra. Si no puedes decir de ti mismo que estás confiado siempre, entonces pídele a Dios por un derrame fresco del Espíritu Santo en tu vida. Justo ahora la presencia de Dios es un asunto de fe. Estamos en el cuerpo, así que hay un sentido en el cual estamos ausentes del Señor, al menos en el sentido de su presencia inmediata y gloriosa. Así que ahora por fe andamos, no por vista. Vendrá el día cuando ya no será necesario estar ausentes en el Señor, en el sentido que Pablo quiere dar a entender aquí. Debido a que Pablo confía (en parte, basado en las arras del Espíritu Santo) en su destino eterno, no tiene miedo del mundo que está en el más allá. De hecho, dice: «más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor». Este texto trata con una pregunta en la mente de muchos: ¿Qué les sucede a los creyentes cuando mueren? Los cristianos dejarán estos cuerpos, serán resucitados en nuevos cuerpos, y estarán con el Señor. Sencillamente hablando, el estar ausentes del cuerpo significa el estar presentes al Señor. Esto es lo que hace que el cielo sea en realidad el cielo, así que deseamos estar presentes al Señor. El cielo es tan precioso para nosotros por muchas razones: queremos estar con los seres queridos que han partido antes que nosotros, a quienes extrañamos profundamente; queremos estar con los grandes hombres y mujeres de Dios, los cuales se han ido antes que nosotros en los siglos pasados; queremos andar por las calles de oro, ver las puertas radiantes, y ver a los ángeles que rodean el trono de Dios, adorándole día y noche. Sin embargo, ninguna de estas cosas, tan preciosas como son, hacen que el cielo sea el «cielo». Lo que hace que el cielo sea el cielo, es la presencia, sin estorbos, sin límites, de nuestro Señor.
Ya que lo que hacemos ahora tiene consecuencias eternas, nuestra meta es agradar persistentemente a Dios. Cuando pasemos de estos cuerpos hacia el mundo del más allá, cada uno debe de dar cuentas según lo que haya hecho. Este no es el Gran Tribunal Blanco de juicio, Esto describe un juicio de las obras de los creyentes (según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo). La frase «el tribunal» es una palabra singular en el antiguo lenguaje griego del Nuevo Testamento. Bema, literalmente significa «escalón», como una plataforma levantada o un asiento. Este era el lugar donde un magistrado romano se sentaba para actuar como juez. El bema era «un objeto de reverencia y de temor para todo el pueblo». Debemos de vivir entendiendo que lo que hemos hecho será juzgado. Es posible que haya un alma salvada que haya desperdiciado una vida, y eso será juzgado en el tribunal de Cristo. Esto debe ser un estímulo en nuestro servicio al Señor. El aparecer delante del tribunal de Cristo es el privilegio de los cristianos. Es un asunto de la valoración de las obras e, indirectamente, del carácter, no de la determinación del destino; tiene que ver con la recompensa, no con el estatus.
Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.
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