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En esta vívida escena, David dio a entender que él se interesaba más por la vida de Saúl que Abner. Esta dramática evidencia – como la evidencia de la esquina del manto de Saúl en 1 de Samuel 24:11 – era prueba innegable de que David tuvo la oportunidad de matar a Saúl, pero no lo hizo.
David nuevamente le habló a Saúl con una humildad genuina. Dado que David estaba tan bien y Saúl tan mal, hubiera sido fácil para David proyectar una actitud de superioridad hacia Saúl, pero no lo hizo. Él primero le pidió a Saúl que considerara los hechos y que pensara claramente en lo que él hizo. David hizo más fácil que Saúl se arrepintiera. él sabía muy bien que ni Jehová ni otros hombres habían incitado a Saúl, sino que todo eso venía de la propia amargura de Saúl, carnalidad y celos. Pero ofreció sugerencias a Saúl para darle una manera más sencilla de arrepentirse. Él podía admitir que sus acciones contra David estaban mal sin admitir que se originaron en él mismo.
David reveló la lucha de su propio corazón bajo la presión de la implacable persecución de Saúl. Lo que más lastimaba a David era que no podía ir a la casa de Dios y estar abiertamente con el pueblo de Dios, viviendo su vida para Jehová como lo deseaba. La presión de todo esto tentaba a David a considerar dejar a Israel por completo e irse a vivir entre aquellos que adoraban a otros dioses. También concluyó su apelación con una simple petición. “¡Saúl, por favor no me mates!”. Hay mucha dignidad en este discurso de David, que surge de la conciencia de su propia inocencia. Él no le ruega por su vida a Saúl, ni ofrece un argumento para convencerlo de que detenga sus intentos delictivos, sino que remite todo el asunto a Dios, como juez y vindicador de la inocencia oprimida.
Es digno de notar que los árabes, al observar que las perdices, cuando son atacadas muchas veces, pronto se cansan tanto que no pueden volar; de esta manera las cazan en las montañas, hasta que por fin pueden derribarlas con sus garrotes. Así fue como Saúl perseguía a David, viniendo apresuradamente sobre él y atacándolo de vez en cuando, con la esperanza de que finalmente, mediante frecuentes repeticiones, pudiera destruirlo. La última vez que Saúl estuvo en esta posición fue sobrecogido por la emoción. Sus sentimientos parecían estar bien pero su vida no cambió. Esta vez hay algo frío y mecánico en las palabras de Saúl. Las palabras parecen las correctas pero los sentimientos no están ahí. Tanto por el “sentimiento” del versículo como por las acciones posteriores de Saúl – que Saúl no está arrepentido, sino que solo se da cuenta con amargura de que David lo volvió a derrotar. Sus palabras en 1 de Samuel 26:25también expresan esto: sin duda emprenderás tú cosas grandes, y prevalecerás. El apóstol hace una gran y correcta distinción entre la tristeza del mundo y la tristeza del arrepentimiento piadoso de la que no es necesario arrepentirse. Ciertamente la confesión de pecado de Saúl corresponde a la primera, mientras que el clamor de esta última aparece en el Salmo 51, arrancado del corazón de David por los crímenes cometidos a lo largo de los años. En las palabras de Saúl tenemos una autobiografía perfecta. En ellas se cuenta la historia de vida completa de este hombre.
David confiaba en Dios, quien bendice a los justos y a los leales. Él conocía la verdad de hebreos 6:10 antes de que fuera escrita: Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre. También entendía el principio del que Jesús habló en Mateo 7: 2: Con la medida con que medís, os será medido. David quería la gran medida de la misericordia de Dios para sí mismo, así que David le dio a Saúl la gran medida de la misericordia. Esa generosa medida de misericordia será una gran bendición para David más adelante en su vida. David quería cumplir su llamado de ser el próximo rey de Israel. Pero quería tanto el trono como la bendición de Dios. Se negó a tomar el trono por asesinato o rebelión. Esperaría hasta que le llegara a la manera de Dios. En esto, David confiaba en que Dios lo protegería cuando finalmente llegara a reinar sobre Israel. David se aferró a este principio y cuando se convirtió en rey, reconoció que su justicia fue recompensada.
Saúl invitó a David a regresar, pero David no aceptó la invitación. Esperó para ver si las palabras de arrepentimiento que pronunció Saúl mostraban un arrepentimiento genuino en su vida. Pero cuando se fue por su camino, se enfrentó a la tentación de la que habló en 1 Samuel 26: 19 la tentación de huir de Israel por completo y vivir entre los impíos. Conociendo el corazón inestable y engañoso de Saúl, no confiaba en ninguna de sus profesiones o promesas, sino que se mantendría fuera de su alcance. Ya que ahora no hay nada más que decir, David y Saúl se separan, para no volver a verse jamás.
Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.
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