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Las palabras de Saúl comienzan como una confesión genuina, pero cambiaron conforme continuó hablando y dijo, “porque temí al pueblo y consentí a la voz de ellos”. Saúl se negó a tomar responsabilidad por su pecado y en vez de eso culpa al pueblo de que lo “hicieron” hacerlo.
Cuando ya no pudo negarlo más, al fin hace una confesión forzada y fingida; atraído a ello, más por el peligro y daño de su pecado, que por la ofensa; intentando sacar lo mejor de un mal asunto. En lugar de lidiar con el profundo problema de su corazón de rebelión y terquedad contra Dios, Saúl pensó que una palabra de Samuel podría arreglar todo. Pero una o dos palabras de Samuel no cambiarían la naturaleza firme del corazón de Saúl.
Dios sabía que el corazón de Saúl estaba lleno de rebeldía y obstinación y que se había asentado en esa condición. Eso es algo que ningún hombre podría saber con certeza, viéndolo desde el exterior. Pero Dios lo sabía y lo
dijo a Samuel. Un simple “perdona, pues, ahora mi pecado” no es suficiente cuando el corazón se ha asentado en rebelión y ha pecado contra Jehová.
Samuel no tiene nada más que decir sobre este asunto, además de lo que Jehová ya había dicho a través de él. No había nada más de que hablar. ¿Por qué diría Samuel, “No volveré contigo” cuando Saúl solo quería que
adorara con él? Porque esa adoración sin duda incluiría sacrificios y ofrendas de algunos de los animales de los amalecitas que Saúl perdonó maliciosamente. La acción desesperada de Saúl proporciona una lección
clara sobre cómo le fue arrebatado el reino. Tan inútil como era el trozo de túnica rasgado en su mano, ahora su liderazgo de la nación sería inútil.

Ahora gobernaría contra Dios, no para Él. Así como el manto se rompió porque Saúl se aferró a él con fuerza, así el haberse aferrado a su orgullo y obstinación le costaría que el reino le fuera arrebatado. Saúl se preguntaba
qué podría hacer para “arreglar” esto. Samuel le dejó saber que no había nada que pudiera hacer. Esto era definitivo. Samuel usa un título para Jehová que se encuentra solo aquí en toda la Biblia: La Gloria de Israel. Esto
le recuerda a Saúl que Jehová es determinado en su propósito y fuerte en su voluntad. No habrá ningún cambio.

La desesperada súplica de Saúl muestra la profundidad de su orgullo. Él está mucho más preocupado por su imagen que por su alma. Samuel no encabezó una rebelión inmediata contra Saúl porque Dios aún no había levantado al reemplazo de Saúl y Saúl era mejor que la anarquía que vendría sin un rey. ¿Sirvió esto de algo? No sirvió de nada para recuperar el reino de Saúl. Esa era una decisión que Dios había tomado y era definitiva.

Pero pudo haberle hecho bien a Saúl acercar su corazón orgulloso y bstinado a Dios con el fin de salvar su alma. Al menos tuvo esa oportunidad, así que Samuel permitió que Saúl lo acompañara y adorara a Jehová. El asunto aún no estaba resuelto para Samuel; todavía estaba la cuestión de la obediencia incompleta de Saúl. El mandato de Dios de destruir por completo a todo Amalec aún estaba vigente, aunque Saúl no lo hubiera obedecido. Cuando Agag se acercó al viejo profeta, pensó, “Dejaremos el pasado atrás. Supongo que este profeta ahora me dejará ir a casa”. La

Nueva traducción viviente expresa bien la idea: Agag llegó lleno de esperanza, porque pensó: ¡Seguramente ya pasó lo peor, y he sido librado de la muerte! Samuel deja en claro que Agag no era un espectador inocente cuando se trataba de las atrocidades que los amalecitas infligieron a Israel. Agag era el líder malvado y violento de un pueblo malvado y violento. El juicio de Dios contra él y los amalecitas era justo.

Samuel era un sacerdote y había oficiado cientos de sacrificios animales. Él sabía cómo se sentía cuando el filo cortaba la carne, pero nunca había matado a otra persona. Ahora, sin dudarlo, este viejo profeta levanta una espada – o probablemente un cuchillo grande, como los que usaba en los sacrificios – y lo clava sobre este orgulloso y violento rey y lo cortó en pedazos. Notablemente, Samuel lo hizo delante de Jehová. No fue delante de Saúl, para mostrarle lo débil y orgulloso que era. No fue delante de Israel, para mostrarles lo fuerte y duro que era Samuel. Esta escena debió haber sido perturbadoramente violenta; los espectadores debieron haber vomitado. Sin embargo, Samuel lo hizo delante de Jehová. Samuel sabía que no le correspondía ver a Saúl. Le correspondía a Saúl
buscarlo en humilde arrepentimiento delante de Jehová. Probablemente esto no hubiera restaurado el reino de Saúl, pero hubiera podido restaurar su corazón ante Dios. Tristemente, Saúl nunca fue a buscar a Samuel. Ramá y Gabaa estaban a menos de diez millas de diferencia, pero nunca se volvieron a ver. Sin embargo, leemos, en el capítulo 22-24, que Saúl fue a ver a Samuel en Naiot, pero esto no afecta lo que se dice aquí. Desde ese momento, Samuel no tuvo ninguna relación con Saúl; nunca más lo reconoció como rey; lloró y oró por él. Samuel no era un mensajero de Dios frio y apático. Él se dolía por Saúl, Por la dureza de su corazón y por el peligro de su alma.

Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.

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