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Habiendo recién mencionado que somos nacidos de Él, Juan habla con
asombro de esta forma de amor que nos hace hijos de Dios. Quiere que
lo miremos – es decir, que lo contemplemos y lo estudiemos con atención.
Primero, habla de la medida del amor de Dios por nosotros. En segundo
lugar, habla de la manera en que Dios da amor; dado lleva la idea de una
donación unilateral, en lugar de regresar algo por algo ganado. La
grandeza de este amor se muestra en que, por él, somos llamados hijos de
Dios. Adán Nunca fue adoptado como hijo de Dios como lo son los
creyentes. Nos equivocamos cuando pensamos en la redención como una
mera restauración de lo que se perdió con Adán; se nos concede más en
Jesús de lo que Adán jamás tuvo. Es importante entender que no todos son
hijos de Dios en el sentido que Juan lo quiso decir aquí. El amor de Dios se
expresa a todos en la entrega de Jesús por los pecados del mundo, pero
esto no convierte a toda la humanidad en hijos de Dios sino aquellos que
han recibido el amor de Jesús en una vida de comunión y confianza con Él.
Aunque nuestra situación presente es clara, nuestro destino futuro
es borroso. No sabemos con el tipo de detalle que nos gustaría saber en qué
nos convertiremos en el mundo del más allá. En este sentido, ni siquiera
podemos imaginar cómo seremos en la gloria. No nos quedamos
completamente a oscuras acerca de nuestro estado futuro. Cuando Jesús
sea revelado a nosotros, ya sea por Su venida por nosotros o por nuestra
venida a Él, seremos como él es. Esto nos recuerda que, aunque ahora
crecemos a la imagen de Jesús, todavía tenemos un largo camino por
recorrer. Ninguno de nosotros estará acabado hasta que veamos a Jesús, y
sólo entonces seremos semejantes a él. Conocer nuestro destino eterno y
vivir en esta esperanza purificará nuestras vidas. Cuando sabemos que
nuestro fin es ser más como Jesús, nos hace querer ser más como Jesús en
este momento. Juan define el pecado en su raíz más básica. Es un desprecio
por la ley de Dios, que es inherentemente un desprecio por el Hacedor de
la ley, Dios mismo.
Jesús quita nuestro pecado en el sentido de tomar el castigo por nuestro
pecado. Esto se logra inmediatamente cuando uno viene por fe a Jesús.
Dado que el pecado es infracción de la ley, desprecio por Dios, y puesto
que Jesús vino a quitar nuestros pecados, y dado que en Jesús no hay
pecado, entonces permanecer en Él significa no pecar. Es muy importante
entender lo que la biblia quiere decir y lo que no, cuando dice que no
peca. Según el tiempo verbal que usa Juan, no peca significa que no vive
un estilo de vida de pecado habitual. El mensaje de Juan es claro y consistente con el resto de las Escrituras. Nos dice que un estilo de vida de
pecado habitual es incompatible con una vida de permanecer en
Jesucristo. Un verdadero cristiano solo puede estar temporalmente en un
estilo de vida de pecado.
Nadie os engañe: Esto nos dice que Juan escribió contra un engaño que
amenazaba a los cristianos de su época. Juan no nos permitió separar
una justicia religiosa de una vida de justicia. Si somos justificados por nuestra
fe en Jesucristo, se manifestará en nuestras vidas rectas. Lo más importante
que puede hacer una persona es asegurarse de ser justo ante Dios.
Juan no está diciendo que somos hechos justos ante Dios por nuestros
propios actos justos – la biblia enseña claramente que somos hechos justos
por la fe en Jesucristo – pero que la justicia en Jesús será evidente en nuestras
vidas.
Las personas que están asentadas en el pecado habitual no son hijos de
Dios – son del diablo, y Jesús vino para destruir las obras del diablo y
liberarnos de nuestra esclavitud al diablo. No sirve de nada poner excusas y
disculpas; si usted es un amante del pecado, irá a dónde van los pecadores.
Observemos el propósito de Jesús: para deshacer las obras del diablo. No
neutralizarlas, no mitigarlas, tampoco limitarlas. ¡Jesús quiere deshacer las
obras del diablo! El cambio de ser del diablo a ser hijos de Dios viene
cuando nacemos de Dios; cuando esto sucede, nuestra vieja naturaleza,
inspirada en la rebelión instintiva de Adán, muere – y se nos da una nueva
naturaleza, inspirada en la obediencia instintiva de Jesucristo.
No practica el pecado y no puede pecar, cada uno tiene el mismo tiempo
verbal que no peca en 1 Juan 3:6, lo que significa una práctica continua del
pecado habitual. Juan nos dice que cuando nacemos de
nuevo – nacidos en la familia de Dios– hay un cambio real en nuestra
relación con el pecado. ¿Cómo se “equilibran” la justicia y el amor? No lo
hacen. Nunca debemos amar a expensas de la justicia, y nunca debemos
ser justos a expensas del amor. No buscamos un equilibrio entre los dos,
porque no son opuestos. El verdadero amor es la mayor justicia y la
verdadera justicia es el mayor amor. El amor y la justicia se manifiestan de la
manera más perfecta en la naturaleza de Jesús. Él era justo y
completamente amoroso.

Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.

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