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Pablo nunca había visitado Roma, y él no fundó la iglesia romana. Esto hace el libro de Romanos diferente, debido a que la mayoría de las cartas de Pablo fueron para las iglesias que él había fundado. Al parecer la iglesia de Roma comenzó de alguna manera espontánea al llegar los cristianos a la gran ciudad del Imperio y se establecían allí. Según el libro de los Hechos 2:10 se dice que había personas de Roma entre los judíos presentes en el Día del Pentecostés; así que cuando regresaron a casa, ese pudo haber sido el comienzo de la comunidad cristiana en Roma. Más allá de eso, los orígenes de la iglesia en Roma son algo desconocidos, pero los cristianos continuamente migraron a Roma de todas partes del Imperio. No debería sorprendernos que una iglesia haya empezado allí espontáneamente, sin ser plantada por un apóstol.

En nuestros textos de hoy el apóstol comienza dando gracias a Dios mediante Jesucristo con respecto a todos ellos y por su fe divulgaba por todo el mundo: Pablo estaba agradecido por la buena reputación de la iglesia en Roma. Debido a su localidad, esta iglesia tenía una visibilidad y oportunidad especial para glorificar a Jesús a través del Imperio. Estos cristianos tenían que ser fuertes. Los cristianos de Roma no eran populares: tenían la reputación de ser “enemigos de la raza humana” y se les atribuía vicios como el incesto y canibalismo. En gran número, entonces, se convirtieron en víctimas de la malevolencia imperial, y es esta persecución de cristianos bajo Nerón, la cual tradicionalmente forma el escenario del martirio de Pablo.

Pablo quería que los cristianos romanos supieran que él estaba orando por ellos, y orando por una oportunidad de visitarles. El deseo de Pablo de visitar la iglesia en Roma no era solamente para darles, sino para recibir también, porque Pablo se daba cuenta de que por la fe que les era común, ellos tenían algo para darle a él. Por mucho tiempo, Pablo quiso visitar Roma y siempre era estorbado por circunstancias externas. Quizás algunos enemigos de Pablo implicaban que él tenía miedo de ir a Roma y predicar el evangelio en las “grandes ligas”, en la ciudad líder del Imperio. Pablo reconoció que tenía una deuda con Roma. El imperio romano trajo orden y paz mundial, trajo un excelente sistema de transporte al mundo. Pablo utilizó todo esto para difundir el Evangelio; así que él podía pagar esta deuda al darle a Roma las buenas nuevas de Cristo Jesús. Además estaba en deuda con ellos por todas las muestras de afecto que había recibido. La deuda era el encargo que había recibido de Dios de predicarles el Evangelio, y se lo debía. Puede parecer extraño que Pablo hable de los griegos cuando estaba escribiendo a los Romanos. Ya entonces la palabra griego había perdido totalmente su sentido nacional. Las conquistas de Alejandro Magno habían llevado la lengua y la cultura griegas por todo el mundo, y ya no era griega una persona solamente por el hecho de haber nacido en Grecia, sino por participar de la herencia cultural que se originó en aquel país. Un bárbaro es literalmente el que habla diciendo bar-bar, es decir, usando una lengua fea y ridícula en contraste con la lengua hermosa, flexible y rica de Grecia. Ser griego era ser un hombre de cierta cultura, con una cierta sensibilidad y espíritu. Uno de los griegos dijo de su propio pueblo: “Puede que los bárbaros se topen con la verdad; pero hace falta ser griego para entenderla.” Lo que Pablo quería decir era que su mensaje, su amistad y su obligación eran para los intelectuales y para los sencillos, para los cultos y para los incultos, para los letrados y para los analfabetos. Tenía un mensaje para todo el mundo, y su ambición era llegar a comunicarlo también en Roma. En este pasaje nos encontramos con tres de las grandes concepciones paulinas, tres grandes pilares de su pensamiento y creencia.

1. Tenemos la concepción de la salvación.
2. Tenemos la concepción de la fe.
3. Tenemos la concepción de la justificación.

Pablo era un misionero incansable, trabajando por todo el mundo por eso dice “pronto estoy”. Es grandioso encontrar a un hombre con pocas preocupaciones que pueda ir a donde Dios le diga que vaya, y pueda ir de una vez. Esta es una manera muy audaz de hablar. Alejandro, César, Napoleón, marcharon con la protección de sus ejércitos para imponer su voluntad sobre los hombres. Pablo estaba ansioso por marchar con solo Cristo, al centro de la grandeza de este mundo, con la palabra de la cruz, la cual él mismo dice que es para los judíos, una ofensa; y para los gentiles, locura. Irónicamente -en el misterio de la ironía de Dios- cuando Pablo finalmente llegó a Roma, llegó como un prisionero naufrago. El Imperio Romano tuvo que encontrar un barco para él y una escolta apropiada para él también; y entró a la ciudad como embajador en cautiverio. Cuando nuestros corazones están fijos en una cosa, y oramos por ello, Dios puede concedernos la bendición; pero, puede ser de una manera que nunca buscamos. Tú irás a Roma Pablo; pero irás encadenado.
Finalmente, para Pablo, ha sido la Obra de Jesús lo que ha hecho posible para el hombre entrar en esta relación nueva y preciosa con Dios.

Parte 2

Después de su introducción, Pablo introduce su “declaración de tesis” para su carta a los romanos. Estos dos versículos tienen una importancia fuera de toda proporción de su tamaño.

No me avergüenzo del evangelio: Esto revela el corazón de Pablo. En una ciudad tan sofisticada como Roma, algunos podrían sentirse avergonzados por un evangelio centrado en un Salvador judío crucificado y aceptado por personas de la menor clase, pero Pablo no estaba avergonzado. Él sabe que el evangelio -las buenas nuevas de Cristo Jesús- tiene un poder inherente. Nosotros no le damos poder, solamente paramos de estorbar el poder del evangelio cuando lo presentamos efectivamente.

El evangelio es ciertamente noticias, pero es mucho más que información. El evangelio no es un consejo para las personas, sugiriendo que ellos se levanten a ellos mismos. Es poder. Los levanta. Pablo no dice que el evangelio trae poder, sino que es poder, y el poder de Dios en eso. En particular, la ciudad de Roma pensaba que conocía todo acerca de poder: El poder es de lo que más se jactaba Roma. Grecia podría tener su filosofía, pero Roma tenía poder. A pesar de todo su poder, los romanos -como todos los hombres- eran incapaces de hacerse justos ante Dios. El antiguo filósofo Séneca llamó a Roma “un pozo negro de iniquidad” y el antiguo escritor Juvenal lo llamó un “drenaje sucio en la cual las heces del imperio fluyen”.

En el mundo romano de los días de Pablo, los hombres buscaban la salvación. Los filósofos sabían que el hombre estaba enfermo y necesitaba ayuda. Epicteto llamó a su cuarto de conferencia “el hospital para el alma enferma”. Epicurio llamó a su enseñanza “la medicina de salvación”. Séneca dijo que debido a que los hombres estaban tan conscientes de “su debilidad y su ineficiencia en las cosas necesarias” que todos los hombres estaban buscando “la salvación”. Epicteto dijo que los hombres buscaban la paz “no de la proclamación de César, sino de la de Dios”. Dios no retendrá la salvación del que cree; pero creer es el único requisito.

Simplemente, el evangelio revela la justicia de Dios. Esta revelación de la justicia de Dios viene a aquellos con fe, cumpliendo Habacuc 2:4: El justo por la fe vivirá.

Es esencial el entender exactamente que es la justicia de Dios que es revelada por el evangelio. No habla de la santa justicia de Dios que condena al pecador culpable, pero la justicia de Dios que es dada al pecador que pone su confianza en Cristo Jesús. Si Dios justifica a un pecador, no quiere decir que encuentra razones para comprobar que tenía razón, lejos de ello. Ni siquiera significa, en este punto, que él hace al pecador un buen hombre. Significa que Dios trata al pecador como si no hubiera sido un pecador.

Fue el día más feliz en la vida de Lutero cuando él descubrió que la “Justicia de Dios”; como se usa en Romanos, significa el veredicto de justicia de Dios sobre el creyente. Ni siquiera es la justicia del hombre más santo, ni la justicia del inocente Adán en Edén. Es la justicia de Dios. La justicia que es para justificación es la que se caracteriza por la perfección que pertenece a todo lo que Dios es y hace. Es una justicia basada en fe (confianza) en Cristo Jesús y se convierte en la base de la vida para aquellos que son justificados (declarados justos); verdaderamente, el justo por la fe vivirá. Ellos no solamente son salvos por fe, pero ellos viven por fe. Por fe y para fe: La idea detrás de esta frase difícil es probablemente “por fe de principio a fin”. La NVI traduce la frase por fe y para fe como por fe de principio a fin. Él no dijo, de fe a las obras, o de obras a la fe; pero por fe y para fe, por ejemplo, solo por fe.

Quizás lo que comunica es la necesidad de promulgar un recordatorio al creyente de que una fe justificadora es solo el principio de la vida cristiana. La misma actitud debe gobernarlo en su experiencia continua como hijo de Dios”.

Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.

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