Siguiendo nuestra línea de ayer, Pablo continúa hablando de la actitud del Fariseo y es duro en cuanto lo que ellos consideran su orgullo; su nacionalidad y su ley. Cada alarde del judío en este pasaje se refiere a la posesión de la ley. El pueblo judío de los días de Pablo era extremadamente orgulloso y confiado en el hecho de que Dios les dio Su santa ley a ellos como nación. Ellos creían que esto confirmaba su estatus como el pueblo escogido y, por lo tanto, aseguraba su salvación. Aunque el judío debería recibir con gratitud la ley como un regalo de Dios, Pablo mostrará cómo la mera posesión de la ley no justifica a nadie. Si ellos eran los encargados de enseñar la ley la pregunta es: ¿no te enseñas a ti mismo?

Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas? Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras? Tú que abominas a los ídolos, ¿cometes sacrilegio? Tú que te jactas de la ley, ¿con infracción de la ley deshonras a Dios? Porque como está escrito, el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros. Todo se reduce a este principio: “Tú tienes la ley, ¿la guardas? Tú puedes ver como otros rompen la ley, ¿vez también como tú la rompes? Mucho del judaísmo rabínico de los días de Pablo interpretaba la ley para hacer creer que estaban completamente justificados por la ley. Jesús expuso el error de tales interpretaciones.

Dios aplica Su ley a nuestras acciones y actitudes. Algunas veces solamente queremos que se evalúen nuestras actitudes, y otras veces solo nuestras acciones. Dios nos hará responsables por ambos: motivos y acciones. Los hipócritas pueden hablar de la religión, como si sus lenguas corrieran sobre patrones, son maestros decentes, pero pecadores horribles; Tal es el caso de un cardinal llamado Cremensis, el cual fue delegado del papa, enviado en 1114 d.C. para interceptar los matrimonios de los sacerdotes, y al ser tomado en el acto con una prostituta común, lo excusó diciendo que él no era sacerdote, sino un corregidor de ellos.

Pablo le recuerda al judío que Dios había dicho en el Antiguo Testamento que el fracaso del judío de obedecer la ley causa que los gentiles blasfemen contra Dios. Pablo reconoce que un judío podría protestar y decir que su salvación está basada en el hecho de que él es un descendiente de Abraham, el cual se comprueba por la circuncisión. Pablo responde correctamente que esto no tiene importancia con respecto a la justificación. El judío erróneamente creía que su circuncisión garantizaba su salvación. Él bien podría ser castigado en el mundo por venir, pero nunca podría perderse. En los días de Pablo, algunos rabinos enseñaban que Abraham se sentaba en la entrada del infierno y se aseguraba que ninguno de sus descendientes circuncidados entrara allí. La circuncisión (o bautismo, o cualquier otro ritual en si mismo) no salva a nadie. En el mundo antiguo, los egipcios también circuncidaban a sus hijos, pero esto no les hacía seguidores del Dios verdadero. Aún en los días de Abraham, Ismael (el hijo de la carne) fue circuncidado, pero no le hizo en un hijo del pacto.

Por supuesto, esto no es un nuevo pensamiento. La ley de Moisés misma enseña este principio: Circuncidad, pues, el prepucio de vuestro corazón, y no endurezcáis más vuestra cerviz (Deuteronomio 10:16). Si un gentil guardara las ordenanzas de la ley a través de su consciencia (como lo muestra Romanos 2:15) ¿no sería él justificado en lugar del judío circuncidado que no guarda la ley? El punto es enfatizado: el tener la ley o el tener una ceremonia no es suficiente. Dios requiere justicia.

Por ejemplo: ¿Qué hay de los indios que poblaron nuestras tierras antes de la colonización que nunca escucharon el evangelio? Dios los juzgará a ellos por lo que ha escuchado y por cómo lo ha vivido. Por supuesto, esto significa que el indigena será culpable delante de Dios, porque nadie a vivido perfectamente por su consciencia, o ha respondido perfectamente a lo que podemos saber de Dios a través de la creación. El problema del “nativo inocente” es que no podemos encontrar un nativo inocente en ninguna parte. Y entonces la pregunta es: ¿Qué hay de ti que escuchas el evangelio, pero lo rechazas? ¿Qué excusa hay para ti? Todos los signos externos de la religión pueden ganarnos alabanzas de los hombres, pero no nos ganarán alabanzas de Dios. La evidencia de nuestra rectitud con Dios no está contenida en signos u obras externas, y no está asegurada por nuestro parentesco. La evidencia se encuentra en la obra de Dios en nuestro corazón, la cual se muestra en el fruto.

William Newell resume Romanos 2 con “Siete grandes principios del juicio de Dios” que son dignos de notar: El juicio de Dios es según verdad (Romanos 2:2). El juicio de Dios es de acuerdo con la culpa acumulada (Romanos 2:5). El juicio de Dios es de acuerdo con las obras (Romanos 2:6). El juicio de Dios es sin acepción (Romanos 2:11). El juicio de Dios es de acuerdo con los hechos, no al conocimiento (Romanos 2:13). El juicio de Dios alcanza los secretos del corazón (Romanos 2:16). El juicio de Dios es de acuerdo con la realidad, no con la profesión religiosa (Romanos 2:17-29).

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse.