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Pablo insistió que debemos morir a la ley para llevar fruto a Dios. Alguno podría pensar: “¡Seguramente hay algo malo con la ley!” No, la ley es buena porque nos revela el pecado. La ley es como una máquina de rayos-x; revela lo que está allí, pero que estaba oculto. No puedes echarles la culpa a los rayos-x por lo que exponen. Pablo describe la dinámica en donde la advertencia “no hagas eso” se puede convertir en un llamado de acción debido a nuestros corazones pecaminosos y rebeldes. No es la culpa del mandamiento, pero es nuestra culpa. Una vez que Dios establece un límite para nosotros, inmediatamente nos da la tentación de cruzar esa barrera. Esto no es culpa de Dios o de Su barrera, sino de nuestros corazones pecaminosos. La debilidad de la ley no está en la ley, está en nosotros. La prohibición provee un trampolín del cual el pecado está demasiado listo para despegar.

Esto muestra lo grande que es la maldad del pecado: puede tomar algo bueno y santo como la ley y torcerla para promover maldad. El pecado deforma el amor en lujuria, un deseo honesto de mantener a la familia en uno de avaricia, y la ley en un promotor del pecado. Pablo nos habla de su inocencia antes de conocer la ley. Los niños pueden ser inocentes antes de que ellos conozcan o entiendan lo que la ley requiere. Esto es a lo que se refiere Pablo cuando dice yo sin la ley vivía en un tiempo. Él está vivo en el sentido de que nunca ha sido condenado a la muerte como resultado de una confrontación con la ley. Él estaba bastante seguro en medio de todos sus pecados y maldad. Él estaba vivo en el sentido de que un golpe mortal aún no lo había matado. Se sentaba seguro en la casa de su ignorancia como un hombre que vive en un volcán pensando que todo está bien.

Cuando llegamos a conocer la ley, la ley nos muestra nuestra culpa y excita nuestra rebelión, provocando más pecado y muerte. No es la ley que nos engaña, pero es el pecado el cual usa la ley como una ocasión para rebelión. El pecado, cuando es seguido, lleva a la muerte, no a la vida. Uno de los mayores engaños de Satanás es hacernos pensar que el pecado es algo bueno del cual un Dios desagradable nos quiere privar. Pablo cree que el pecado y la ley están en la misma canasta. Sin embargo, el pecado corrompe la obra o el efecto de la ley, así que debemos morir a ambos. El pecado “se hace más pecaminoso” a la luz de la ley en dos maneras. Primero, el pecado se vuelve sobremanera pecaminoso en contraste con la ley. Segundo, el pecado se vuelve sobremanera pecaminoso debido a que la ley provoca su naturaleza malvada. En lugar de ser una dinamo que nos da poder para vencer, la Ley es un imán que saca de nosotros todo tipo de pecado y corrupción. Cuando quiso usar la peor palabra que pudo encontrar para llamar al pecado, lo llamó por su propio nombre y lo reiteró: “pecado”, sobremanera pecaminoso.

La palabra carnal simplemente significa “de la carne”. Pablo reconoce que una ley espiritual no puede ayudar a un hombre carnal. En este contexto habla de la persona que puede y debe hacer cosas de manera diferente pero no lo hace. Pablo ve esta carnalidad en si mismo, y sabe que la ley, a pesar de que es espiritual, no tiene la respuesta para su naturaleza carnal. El está en servidumbre al pecado y la ley no le puede ayudar. Él es como un hombre arrestado por un crimen y encarcelado. La ley solo le puede ayudar si él es inocente, pero Pablo sabe que él es culpable y que la ley argumenta en contra de él, no a su favor. Aunque Pablo dice que él es carnal, no significa que él no es cristiano. Su conocimiento de su carnalidad es evidencia que Dios a hecho una obra en él. También describe su sentido de impotencia. El problema de Pablo no es falta de deseo, él quiere hacer lo que es correcto (pues no hago lo que quiero). Su problema no es conocimiento, él sabe lo que es correcto. Su problema es falta de poder: porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Le falta poder porque la ley no da poder. La ley dice: “Aquí están las reglas y es mejor que las guardes”. Pero no nos da poder para guardar la ley. ¿Pablo está negando su responsabilidad como pecador? No. Él reconoce que cuando él peca, él actúa en contra de su naturaleza como una nueva criatura en Cristo Jesús. El cristiano debe reconocer su pecado, pero darse cuenta de que el impulso de pecar no viene de lo que realmente somos en Cristo Jesús.

Nunca sabemos lo difícil que es dejar de pecar hasta que lo intentamos. C.S. Lewis dijo: Ningún hombre sabe lo malo que es hasta que ha tratado ser bueno. Pablo sabe que su verdadero hombre interior se deleita en la ley de Dios. Él entiende que el impulso del pecado viene de otra ley en mis miembros. Pablo sabe que su “verdadero yo” es aquel que se deleita en la ley de Dios. El viejo hombre no es el verdadero Pablo; el viejo hombre está muerto. ¡Miserable de mí! La antigua palabra griega para miserable es más literalmente, “miserable por el agotamiento de un trabajo duro”. Pablo está completamente agotado y miserable debido a su esfuerzo sin éxito de agradar a Dios bajo el principio de la Ley. Vale la pena tener en cuenta que los grandes santos a través de la historia no suelen decir, ‘¡Qué bueno soy!’, Sino que tienden a lamentar su pecaminosidad. El legalismo siempre lleva a una persona cara a cara con su propia miseria, y si continúa en el legalismo, reaccionará de una de dos maneras. O negarán su miseria y se convertirán en fariseos autosuficientes, o se desesperarán por su miseria y dejarán de seguir a Dios. Todo el tono de la declaración muestra que Pablo está desesperado por liberación. Él está abrumado con un sentido de su propia impotencia y pecaminosidad. Debemos de llegar al mismo lugar de desesperación para encontrar victoria.

Pablo finalmente mira fuera de sí mismo hacia Jesús. Tan pronto como él ve a Jesús, él tiene algo por que dar gracias a Dios, y le da gracias a Dios por Jesucristo Señor nuestro. La gloriosa verdad permanece: ¡hay victoria en Jesús! Jesús no vino y murió solo para darnos más reglas o reglas mejores, sino para vivir su victoria a través de aquellos que creen. El mensaje del evangelio es que hay victoria sobre el pecado, el odio, la muerte y toda maldad mientras rendimos nuestras vidas a Jesús y le dejamos que viva la victoria a través de nosotros. No necesitas a un maestro, necesitas a un Salvador. Tú pensabas que el problema era que no tenías la suficiente motivación, pero la ley llegó como un entrenador para darte ánimo en lo que debías hacer, pero aún así no lo hiciste. Tú pensabas que el problema era que no te conocías bien a ti mismo, pero la ley llegó como un doctor y te diagnosticó perfectamente tu problema de pecado, pero la ley no te podía sanar. No necesitas a un doctor, necesitas a un Salvador.

Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.

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