Pedro no fue interrogado ante un tribunal hostil, ni siquiera ante una multitud enfurecida. El propio temor de Pedro hizo que una criada y otra fueran monstruos hostiles ante sus ojos, y se inclinó en temor ante ellas. Pedro estaba sentado fuera en el patio, y una sirvienta se le acercó y dijo: Tú también estabas con Jesús el galileo. Pero él lo negó delante de todos ellos, diciendo: No sé de qué hablas. Cuando salió al portal, lo vio otra sirvienta y dijo a los que estaban allí: Este estaba con Jesús el nazareno. Y otra vez él lo negó con juramento: ¡Yo no conozco a ese hombre! Y un poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro: Seguro que tú también eres uno de ellos, porque aun tu manera de hablar te descubre. Los galileos hablaban de una manera que enfatizaba la “r”; su acento era tan feo que a ningún galileo se le permitía pronunciar la bendición en un servicio en la sinagoga. Entonces él comenzó a maldecir y a jurar: ¡Yo no conozco a ese hombre! Y al instante un gallo cantó. Y Pedro se acordó de lo que Jesús había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Y saliendo fuera, lloró amargamente. Invocar maldiciones sobre sí mismo, es signo de irritación y desesperación; ha perdido el control por completo. Cuando escuchamos ese tipo de lenguaje, normalmente asumimos que la persona no es un seguidor de Jesús.

Pedro finalmente recordó y tomó en serio lo que Jesús dijo, pero en este caso lo hizo demasiado tarde. Por ahora, lo único que podía hacer era llorar amargamente. Sin embargo, Pedro sería restaurado, mostrando un contraste significativo entre Judas (mostrando apostasía) y Pedro (mostrando una recaída). La amorosa mirada de Jesús llevó a Pedro al arrepentimiento. Lucas nos dice que justo antes de que el gayo cantara, vuelto el Señor, miró a Pedro (Lucas 22:61). El don de recordar llevó a Pedro al arrepentimiento; Pedro se acordó de las palabras de Jesús. Nuestras memorias nos sirven mucho en el negocio del arrepentimiento.

Apostasía es renunciar a la verdad, como lo hizo Judas. Judas sentía pena, pero no fue una pena que guiara al arrepentimiento. La recaída es un descenso de una experiencia espiritual que una vez se disfrutó. Pedro resbaló, pero no caerá; su llanto amargo lo guiará al arrepentimiento y la restauración.

El apóstol se encontraba en el lugar equivocado, expuesto al acoso y la tentación. No había excusa para su actitud despreciable. Sin embargo, al arrepentirse reanudará su relación con el Señor a quien siempre amó y llegaría a ser el apóstol a quien el Señor concedería el privilegio de predicar el primer sermón, después de la venida del Espíritu Santo, en la fiesta de Pentecostés.

Así sucede en las relaciones humanas; familiares o de amistad, que pasan por situaciones de crisis en las que se manifiesta su fragilidad. Y así también ocurre en nuestra relación con Dios. Si ya eres un hijo de Dios, te invito remover los obstáculos que impiden una buena relación con El. Y si aun no puedes considerarte un hijo de Dios, y eres consciente de que te encuentras lejos de El, totalmente imposibilitado para salir o liberarte de esa situación, te invito a escuchar la invitación permanente de Dios para creer en Jesucristo. El quiere ser tu Salvador y tu Señor.

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse.